Amara no duerme, no desde hace días, no desde que el silencio de la casa dejó de ser un refugio y se convirtió en un recordatorio constante de todo lo que falta. El cuarto está oscuro, pero ella conoce cada sombra, cada rincón, cada sonido mínimo que hace la madera cuando se dilata con el frío. Sabe exactamente en qué momento el piso cruje cerca de la escalera, en qué punto la calefacción emite ese zumbido leve que antes le resultaba tranquilizador y ahora le parece una burla.
Está sentada en la cama, con las piernas recogidas contra el pecho, abrazando una manta que ya no huele a nada reconocible, pero que ella sigue apretando como si pudiera arrancarle algo más que recuerdos. Respira de forma irregular. No llora, no todavía. Hay un nudo en el centro del pecho que no se mueve, que no sube ni baja, como si su cuerpo estuviera conteniendo algo demasiado grande para salir.
Desde el pasillo llega una voz, es Carlota. No habla fuerte, nunca lo hace cuando no quiere ser escuchada. Pero A