A la misma hora, en la oficina que Amara ha convertido en sala de guerra, la pantalla parpadea. Hay planos, bocetos, líneas de tiempo, nombres. Hay tazas de café que se secarán como sangre al sol. Hay una alfombra clara con marcas recientes de botas. Amara no nota nada de eso ahora.
El mensaje entra como un balazo silencioso. Vibra en la mesa. Vibra en su mano. Literal: “en cinco minutos tu secreto saldrá a la luz.” Debajo, el ícono de un archivo.
–¿Quién es? –pregunta Liam sin levantar dema