La puerta del despacho se abre con una violencia que no necesita ruido para anunciar guerra, porque el aire mismo parece tensarse cuando Amara atraviesa el umbral con el rostro encendido y los ojos brillando no de lágrimas sino de esa furia limpia que nace cuando la traición no es una sospecha sino una certeza que late bajo la piel como una quemadura reciente, y Jean Pol, que hasta hace un segundo contemplaba la ciudad desde los ventanales como si el mundo entero fuera un tablero dispuesto a ob