Los invitados retroceden entre gritos y llantos. Algunos se arrastran para escapar hacia las sacristías laterales, otros se cubren la cabeza como si las bóvedas fueran a desplomarse en cualquier instante. El humo impregna todo, mezcla de pólvora y madera quemada, mientras los guardias de Carlota levantan sus armas formando un muro humano frente a la intrusa.
Carlota avanza un paso, imponente, la pistola firme entre las manos. –¡Bajen el arma solo si doy la orden! –ladra a su equipo. Y luego, c