La mañana no llega como una transición sino como una irrupción, como si la noche hubiese sido desalojada del mundo sin permiso y el día se impusiera con la brutalidad de una noticia que nadie pidió escuchar, y Amara despierta con el cuerpo pesado y la mente en alerta, con esa sensación inconfundible de quien no ha descansado aunque haya dormido, porque incluso en sueños la presión seguía ahí, latiendo como un segundo corazón hecho de ansiedad.
El teléfono vibra sobre la mesa de luz con una insi