Al llegar, la empresa no parece un lugar de trabajo sino el epicentro de una tormenta que ya no puede contenerse, porque la vereda está tomada por periodistas, cámaras, fotógrafos y curiosos que sostienen celulares en alto como si esperaran la caída de una figura pública en directo, y no se trata de una metáfora exagerada sino de una escena literal, ruidosa y desordenada, donde cada lente apunta a la entrada como si la puerta de vidrio fuese el escenario donde se definirá el próximo titular.
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