Dos días después
–¡Te digo que te calles! –brama el hombre con furia descontrolada, y la bofetada que le propina a Amara resuena como un latigazo en la habitación silenciosa.
Su cabeza gira violentamente hacia un costado, el sabor metálico de la sangre le inunda la boca al instante. Un leve hilo rojo se desliza por la comisura de sus labios. Amara cierra los ojos, no para evitar el dolor, que ya es parte de ella, sino para no dejarle ver cuánto la ha herido.
–¡Necesito saber quién carajos es