El agudo pitido del monitor cardíaco rompe el silencio estéril de la habitación. Liam parpadea, desorientado. La luz blanca, casi quirúrgica, de los tubos fluorescentes lo obliga a entrecerrar los ojos, como si el mundo a su alrededor fuera demasiado hostil para recibirlo de nuevo. Intenta moverse, pero un dolor sordo le recorre el cuerpo. Su pecho sube y baja con dificultad, y solo entonces repara en los electrodos adheridos a su piel, los cables que lo atan a la máquina que vigila su vida com