–¿De verdad creíste que podrías salir así de fácil? –la voz de Úrsula retumba en las paredes como un susurro venenoso. Avanza lentamente, como si saboreara el miedo en el aire. Su sonrisa es amplia, casi maternal, pero hay algo en sus ojos que hiela la sangre. –Ay, Amara… mi querida Amara. Nadie entra aquí sin que yo lo sepa. Y, por supuesto, nadie sale… sin pagar el precio.
Amara retrocede un paso, instintivamente, como si su cuerpo supiera lo que su mente aún se niega a aceptar. Aprieta los