–No gires tanto, Amara… –la voz en el teléfono es burlesca, ligera, pero oculta una amenaza latente que le eriza la piel. – Te vas a marear.
Amara se detiene en seco, clavando los ojos en el suelo, como si fuera la única ancla que la mantiene en pie. Su pecho sube y baja con rapidez, un golpeteo frenético que resuena en sus oídos, el aire se le escapa en ráfagas entrecortadas, como si no fuera capaz de sostenerlo dentro. Su garganta está tan cerrada que ni siquiera puede articular una respues