Liam irrumpe en la sala como un huracán desatado, con el pecho agitado, la mirada encendida y los dedos crispados por la desesperación. Cada segundo es una daga. Cada rincón que revisa sin éxito, una puñalada más.
–¡¿Dónde carajos están?! –gruñe entre dientes, mientras revuelca los almohadones del sofá y tira una pila de revistas al suelo.
Su mirada salta de un mueble al otro, frenética, sin encontrar lo que busca. Los cajones crujen cuando los abre con furia, lanzando llaves inútiles, car