La música ceremonial comienza a llenar la iglesia como un presagio inevitable. Las notas suaves del violín se mezclan con los acordes solemnes del órgano, creando una melodía que debería sonar a celebración, pero que en cambio retumba como una sentencia.
Cristóbal se encuentra en el altar, de pie junto al párroco. Sus dedos se entrelazan con rigidez, el sudor resbala por su frente. Su mirada va del sacerdote a la entrada de la iglesia, y luego se desliza, inevitablemente, hacia Úrsula, sentada