Al atravesar la entrada, los visitantes se ven inmediatamente envueltos en una visión arrebatadora, casi sobrenatural. El techo, adornado con frescos majestuosos y molduras estucadas que parecen respirar, se extiende hacia arriba como si quisiera abrazar el alma misma de quien lo observa. Cada rincón de la habitación está bañada en una luz tan pura que el blanco parece tener vida propia, irradiando una calma que contrasta con la vorágine interna de cada persona que cruza ese umbral.
El aire es