Verdades que duelen

La conciencia regresó a Agnes de forma desigual, como piezas sueltas que tardaban en encajar.

Primero fue la sensación de peso en el cuerpo. Después, el sonido constante y rítmico que no lograba ubicar del todo. Un pitido lejano, insistente, acompañado por un zumbido suave que le resultaba extrañamente familiar. Intentó moverse y descubrió, con una incomodidad inmediata, que no podía hacerlo con la facilidad habitual.

Frunció el ceño.

Abrió los ojos.

La luz blanca del techo la obligó a parpadea
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