El leve sonido de la puerta al abrirse fue suficiente para romper la calma frágil que se había instalado en la habitación de cuidados intensivos. No era un silencio vacío, sino uno cargado de expectativa, de miedo contenido y de esperanza apenas sostenida por hilos invisibles.
Ares levantó la vista de inmediato.
Lo hizo de forma instintiva, casi automática, como si aún temiera que cualquier interrupción pudiera arrebatarle ese momento que llevaba horas protegiendo. Había aprendido, en esos días