Cuando Ares terminó, estaba exhausto y complacido. Observó a su esposa y no pudo evitar sonreír al notar que la había tomado en el suelo; en medio del deseo había pasado por alto ese pequeño detalle.
Agnes, aun recuperando el aliento, observó sus gestos con cierta confusión. No entendía cómo él podía transitar por tantos estados mentales en tan poco tiempo, y terminó por preguntar:
—¿De qué te ríes, si se puede saber?
Él enfocó su mirada en ella antes de responder, con una mezcla de diversión y