La noticia no tardó en propagarse.
No como un rumor, ni como un murmullo malintencionado, sino como una verdad luminosa que atravesó los pasillos del hospital con una fuerza distinta. Esta vez no había dudas, ni especulaciones, ni versiones encontradas. Había hechos. Vida. Esperanza.
Y cuando los padres de Ares dejaron al niño en casa de su hijo y fueron de nuevo a ver a su nuera, lo hicieron con el corazón en la mano.
No preguntaron demasiado. No fue necesario. Bastó ver el rostro de su hijo p