La hora de la verdad
Bajó a la sala justo cuando la puerta se abrió. No pudo negar que, al ver entrar a Agnes conversando con su madre, sintió un enorme alivio, aunque no lo demostró. Su mirada seguía seria, fría, molesta.

Agnes ignoraba por completo el torbellino que se había desatado en su marido. Cuando él colgó, ella siguió decorando la casa. Compartió con su suegra las buenas noticias… y también las que no lo eran tanto, como el hecho de que esa noche debían ir a la casa de sus padres. Tras un par de horas, la
Katiuska Briceño

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