No le dio tiempo siquiera de introducir la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió de golpe.
Ante él apareció un hombre que apenas cubría su desnudez con una toalla blanca ajustada a la cintura. El vapor aún escapaba del interior de la casa, impregnando el aire con un olor tibio, íntimo, imposible de ignorar. Su primera reacción fue quedarse completamente inmóvil, como si el cuerpo se le hubiera petrificado. Durante un segundo interminable, su mente se negó a procesar lo que sus ojos es