Ares lloró hasta quedarse sin fuerzas. No supo en qué momento el cansancio lo venció y se quedó dormido, pero al despertar el malestar seguía allí, intacto. El dolor era tan intenso como si nuevamente le hubieran arrancado el corazón del pecho, aunque esta vez era distinto: más profundo, más real, más definitivo. Tenía la certeza de que nada volvería a ser igual.
Por primera vez, se arrepintió de haber firmado aquel contrato, de haberla orillado a tomar una decisión que, en el fondo, ella nunca