Los días comenzaron a tomar otro color sin que ninguno de los dos lo notara de inmediato. De manera natural, Valentina empezó a hacerse cargo de algunas cosas de la casa. Se sentía recuperada, con energía, con ganas de moverse y de volver a sentirse útil más allá del rol de madre. No lo hizo por obligación ni porque alguien se lo pidiera. Simplemente, un día se levantó con la idea de cocinar y, desde entonces, ese gesto se volvió un ritual silencioso que marcó un antes y un después entre ellos.