Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en mis palmas.
Tantas veces había querido escuchar esa historia. Tantas veces había sentido curiosidad por entender qué había convertido a Vincent Sinclair en ese hombre frío, distante y obsesionado con el control. En ese momento deseaba que se detuviera. Porque dolía demasiado. Me dolía imaginarlo entrando a aquel penthouse. Me dolía pensar en el hombre que era antes de todo eso. En el chico que aprendió a confiar, a amar, a construir