—No puedes despedirme. Estoy demasiado entretenido, además no puedes vivir sin mí.
Se incorporó de golpe y empezó a hacer un estúpido baile de celebración en medio de la oficina. Movió los brazos. Giró sobre sí mismo, canturreando algo incomprensible.
Intenté no reírme. Definitivamente Gabriel estaba loco.
—¡Lo sabía! —gritó apuntándome con un dedo— ¡Sabía que terminarías cayendo!
—No he caído en nada —gruñí—. Voy a golpearte.
Tomé una carpeta del escritorio.
Gabriel levantó ambas manos.
—¡Viol