PEQUEÑO GUERRERO (EPÍLOGO)
En la calidez de la habitación adornada con flores silvestres y ramas de eucalipto, Braelyn se encontraba rodeada por las Omegas de la manada, quienes murmuraban palabras de aliento y ajustaban los últimos detalles de su atuendo. La luz del atardecer se colaba por la ventana, bañando la habitación en tonos dorados y rojizos, como si el mismo cielo participara en la preparación. Braelyn, con la mano posada suavemente sobre su vientre redondeado, sentía las mariposas de