**NATALY**
El trayecto hacia el aeropuerto de Niza fue un suplicio de silencio y velocidad. Al llegar a la pista privada, el jet de la corporación Valtieri —una bestia negra de acero pulido— esperaba con los motores encendidos. Subí la escalerilla sin mirar atrás, despidiéndome mentalmente del cielo francés, de las playas donde había sido libre y de la inocencia que Pierre, el estúpido de mi cita, había intentado pisotear y que Gabriele había terminado por comprar.
Al entrar a la cabina de lujo