GABRIEL
El sudor aún no se secaba sobre mi pecho cuando sentí los dedos de Nataly hincarse suavemente sobre mi piel. Su respiración, pesada y pausada, se estrellaba contra mi garganta. La victoria olió durante unos segundos a satisfacción absoluta, hasta que sus labios rozaron la comisura de mi boca con una lentitud calculada.
—¿Satisfecho, Gabriel? —murmuró. Su voz no era la de una víctima sometida; llevaba el veneno sutil de quien sabe que acaba de encontrar la única grieta en mi armadura.
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