NATALY
La marea de sensaciones terminó por amainar, dejando únicamente la cadencia pesada de nuestras respiraciones entrelazadas. Me quedé inmóvil, con el rostro hundido en la curva de su cuello, sintiendo el sudor frío secarse contra mi piel. La vibración de su pecho contra el mío era el único ancla en medio del desastre. Había cruzado una frontera de la que no existía retorno; me había entregado al enemigo con una ferocidad que me aterraba más que cualquier amenaza de mis hermanos.
Me deslicé