NATALY
El odio era lo único que me mantenía viva, pero la boca de Gabriel era el fuego que consumía cualquier intento de resistencia. Sentir la textura rugosa de sus dedos explorándome con un dominio helado y preciso me hacía odiarme más a mí misma que a él.
—Eres un demonio… —logré articular, hincando las uñas en sus antebrazos musculosos mientras el roce de su pulgar arrancaba chispas eléctricas que me quemaban las entrañas.
—Y tú eres mi prisionera más codiciosa —respondió Gabriel.
Se incli