GABRIEL
El crujido de la seda al rasgarse suavemente bajo mis dedos fue el único sonido que quebró la penumbra de la recámara. No había prisa. La urgencia del traslado de su padre se había evaporado, dejando en el aire únicamente el aroma denso de la rendición y el deseo.
Nataly mantenía los ojos fijos en los míos, una mezcla embriagadora de orgullo herido y calor primario que le encendía las pupilas.
—Mírame —ordené en un murmullo cavernoso, desplazando mi cuerpo entre sus piernas mientras des