Valentina, que había estado temblando junto al escritorio, levantó las manos. A sus pies, yacía el revólver que Beatriz había disparado antes (y que Nicolás había dejado caer allí deliberadamente antes de salir).
Ella sabía que no podía explicar nada. No podía explicar la carta de suicidio falsa, ni el arma, ni por qué estaba allí a esa hora. El plan de Nicolás, aunque caótico y brutal, había funcionado como un mecanismo de relojería. Ella tenía todas las herramientas para ser la culpable perfe