CAPÍTULO 5

CASSANDRA

—Amo… más rápido… más duro, por favor… ¡lléneme con su polla!

—Dime qué tanto lo necesitas.

—Desesperadamente, señor.

—Doblate más, ábrete más —gruñó él—. Dilo… ¿quién es tu dueño?

—Usted… le pertenezco a mi amo… ¡solo a usted! —la mujer gritó, y yo deseé con todas mis fuerzas gritarle que cerrara la boca.

El aire estaba cargado con ese olor a sexo y sudor que me revolvía el estómago. El sonido de la piel chocando retumbaba en la habitación; gemidos, gruñidos y palabras sucias… yo me quedé congelada, sin atreverme a mirarlos.

Quería salir, quería maldecirlo… pero no podía. No cuando temía de lo que él era capaz de hacerme.

Los sonidos aumentaron de nuevo, el escritorio crujía, la mujer lanzó un grito agudo y, por curiosidad, giré la cabeza para espiar.

Se me cortó la respiración ante lo que vi: la mujer estaba ahora tumbada sobre la mesa, con las piernas abiertas de par en par y las manos esposadas, con los pechos rebotando ante cada embestida brutal.

¿Y él?

Marco la penetraba como una bestia. Su polla estaba enterrada profundamente en ella mientras ella sollozaba y gemía pidiendo más.

¿Tan bueno era? Sus jugos bajaban por su pierna y tragué saliva con dificultad, sintiendo cómo el calor se acumulaba entre mis muslos.

Entonces su mirada cambió… ¡hacia mí!

Nuestros ojos se encontraron y volví a girar la cabeza de inmediato.

¡Mierda! Me vio… mirando.

Respiré profundamente, tratando de calmar los latidos de mi pecho. Aún sentía sus ojos clavados en mi espalda, pero no me atreví a girarme. Entonces lo escuché: su gemido, bajo y atronador.

Seguí sin moverme ni girarme.

—¡Limpia tu desastre y lárgate! —oí decir a Marco y, después de un momento, la mujer salió corriendo… desnuda, cargando unas toallas y su ropa.

No me moví hasta que escuché el sonido de su cremallera… me giré y… —¡Santa m****a! —maldije.

Mi espalda chocó bruscamente contra la pared y solté un quejido cuando el dolor se extendió por todo mi cuerpo. Sus manos se envolvieron alrededor de mi cuello; no me estrangulaba, pero era lo suficiente para incomodarme.

—¿Qué carajos te pasa? —grité.

—Te dije que te sentaras, ¿no?

—Tienes que estar enfermo para esperar que me siente a verte follar a otra mujer como una bestia.

—¡Lenguaje! ¡No uses la palabra "follar" cuando hables conmigo!

—¡Me gustaría ver cómo piensas evitar que use esa palabra! —las palabras salieron de mis labios antes de que pudiera frenarlas.

Esperaba que hiciera algo. Tal vez que me golpeara o cualquier cosa. Pero no lo hizo.

Seguía con las manos en mi cuello mientras me miraba con una intensidad que haría que cualquiera se meara en los pantalones, pero no me moví. Me aseguré de clavar mis ojos en él también. Si pensaba que podía intimidarme con su mirada, estaba muy equivocado.

Su mirada bajó a mis labios y fue entonces cuando me di cuenta de lo cerca que estábamos. Nuestros labios estaban a centímetros y apenas podía respirar bien.

—¿Así que sí miraste? —su voz ahora era baja y ronca—. Miraste cómo deslizaba mi polla en su coño mojado. Miraste cómo me la follaba hasta que suplicó piedad, qué hipócrita.

—Quita tus sucias manos de encima, apestas a sexo —repliqué, tratando de ocultar mi vergüenza.

Él soltó una risita. —¿Tanto disfrutaste el espectáculo?

—Eres asqueroso.

—Y aun así, estás excitada.

Eso fue suficiente para mí. Lo empujé con todas mis fuerzas, con el pecho subiendo y bajando. —Supongo que esa no es la forma apropiada de hablarle a tu futura nuera.

Él sonrió con sarcasmo, asintiendo con la cabeza. —Ha habido un cambio de planes, siéntate.

Miré la mesa; la mujer lo había limpiado todo, pero ni loca me sentaba cerca de ahí. Tomé una silla y me senté a unos metros, con los ojos fijos en Marco.

—Te escucho.

Él cruzó las piernas sobre el escritorio. —No aprendes ni escuchas, ¿verdad?

—¿Qué se supone que significa eso?

—Me enteré de tu pequeño plan de escape con la empleada —comenzó, y yo rodé los ojos—. Te reto a que vuelvas a hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Rodarme los ojos.

—Eres un ser de lo más falto de seriedad —solté, sorprendida de cómo había cambiado de tema solo porque rodé los ojos. Una parte de mí quería tentarlo… para ver qué hacía, pero lo descarté; ya estaba cansada de las discusiones.

—Tu castigo será…

—¡No voy a cumplir ningún maldito castigo! —interrumpí—. Soy una mujer adulta, no una adolescente. Además, la vieja me placó antes de que pudiera siquiera salir del cuarto.

—Desobedeciste mis palabras. Y con cada desobediencia viene un castigo.

Contuve el impulso de gritar y destrozar todo el lugar. Es su audacia y su aura lo que me saca de quicio.

—Es solo cuestión de tiempo, Cassandra. Te domaré… solo espera y verás.

Me burlé, cruzando los brazos. —¿Por qué estás tan obsesionado con querer controlar a todo el mundo? Quieres que la gente se arrodille a tus pies como si fueras un dios, ¿quién demonios te crees que eres?

Una sonrisa malvada se dibujó en su rostro. —Marco… Valentino, ese es mi nombre, Dolcezza.

—Quiero dejar esto claro, Marco. ¡No soy tu títere!

—No, no lo eres. Eres menos que eso… eres mi propiedad. Mi mercancía. Te compré y eres mía.

—Sigues parloteando sobre haberme comprado, si se puede saber, ¿cuánto le pagaste a mi madre?

—Oh, fue mucho, princesa. Tu codiciosa madre se aseguró de que gastara más de lo suficiente para tenerte.

—Yo…

—Cállate —me cortó bruscamente—. Basta de charla tonta, vayamos a la razón por la que te llamé aquí: ¿Cómo estuvo tu noche?

¿En serio? ¿Me estaba preguntando eso? —Mi noche estuvo…

—¿Follaron?

Debería haberlo sabido. Me detuve un momento, golpeando el suelo con el pie vigorosamente.

—Hice una pregunta. Abre la boca y responde.

Solté un suspiro, resistiendo el impulso de rodar los ojos antes de hablar. —No entiendo a qué viene esa pregunta tuya.

Él se rió entre dientes. —¿Quieres que te lo deletree? Bien. ¿Tuvieron sexo tú y Nathan?

—¿Qué te hace pensar que lo haría? —repliqué—. Tuve que dormir desnuda en la cama con un extraño sin mi consentimiento.

—Ese es tu prometido, no un extraño.

—Ahora que lo pienso. Exijo saber quién me llevó de vuelta a la cama.

Caminó rápidamente hacia donde yo estaba sentada y sus manos apresaron mi mandíbula, levantando mi barbilla para que me encontrara con su mirada peligrosa. —Escúchame, cariño. Te he permitido demasiados excesos porque tu carácter y tu rebeldía me intrigan. Pero no te atrevas a intentar nunca exigirme o pedirme una respuesta —aumentó la presión en mi mandíbula y sentí que las lágrimas amenazaban con salir—. ¿Entiendes?

No respondí… no porque no quisiera, sino porque tenía sus manos apretando mi mandíbula.

Aumentó la presión de nuevo y una lágrima resbaló por mi mejilla. —Límpiatela. Detesto a los seres débiles —murmuró, pero no lo hice.

En su lugar, lo miré con profundo desprecio mientras lágrimas incontrolables caían por mi rostro. Había jurado no quebrarme jamás frente a él. Pero sentada aquí, me di cuenta de que no había nada que pudiera hacer para dañar o herir a este hombre.

Estaba indefensa… y esto era solo el comienzo.

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