Permanecí indecisa en las escaleras, preguntándome sí subir o no. Quería saber qué hablaban o hacían. Pero al final volví a la sala y me senté en ella a esperar. Los dos volvieron a bajar media hora después, y parecían haber discutido, ya que Gisel salió de la casa sin siquiera mirarme.
—¿Desayunaste?
La pregunta del señor Demián fue casi exigente. Sonaba un poco molesto.
—Lo hice —contesté recogiendo las piernas bajo el mentón.
Lo sentí acercarse, y un instante después, se arrodilló a m