Apenas crucé la puerta, unos brazos delgados que conocía muy bien me envolvieron por completo.
—¡Isabel! —exclamé abrazándome a ella. Isabel era la sombra que me había saludado minutos antes.
—Livy, me preocupaba que tuvieran algún percance en el camino. Gracias a Dios estás aquí.
Al alejarse, vi que tenía los ojos ligeramente húmedos. Le sonreí en un intento por tranquilizarla.
—No te preocupes, puedes volver con tu jefe —dijo mirando a Mad—. Yo llevaré a Livy a su habitación.
Mad vac