Apenas Gisel salió de la casa y subió a su lujoso Camaro, yo corrí escaleras arriba. Me puse lo primero que encontré, y después bajé a toda prisa. En la puerta de la casa, me topé con Mad.
Ambos retrocedimos un paso, sorprendidos.
—¿Todo bien, Livy?
Asentí, pero respiraba agitadamente. En mi cabeza, todas mis ideas se enredaban, llevándome a pensar muchas cosas, algunas escalofriantes.
—Ven, te llevaré a la univer...
Negué una vez.
—No, llévame con el señor Demián. Por favor.
Por