–Adelante –le dijo Pablo a Marize después de abrir la puerta de su residencia.
–¿Está bien que deje mis sandalias aquí? –Marize señaló un rincón entre la puerta y la pared– No es bueno meter a la casa de nadie la suciedad que traes de las calles…
–Tienes razón, lo triste es que en mi país nadie lo hace y allá las calles están bien sucias –dijo Pablo, mientras dejaba sus zapatos junto a las sandalias de la rubia.
–Aquí también lo son, sobre todo los domingos en la mañana.