Dio un paso y, de pronto, se detuvo en seco: algo lo había hecho tropezar. Su cuerpo se inclinó hacia delante; perdió el equilibrio… y cayó de bruces al suelo.
—¡Ahhh! —gritó despavorido.
Luciana se llevó una mano al pecho y se puso de pie de un salto.
—¿Estás bien? —preguntó asustada al verlo hecho un ovillo.
—No… no es nada… —respondió Marco, rojo de vergüenza. Ambos palmas estaban raspadas y le escocían, pero se esforzó por sonreír—. De verdad, no pasa nada…
—¿Nada? —lo cortó Alejandro con un