Luciana corrió a levantarla, esforzándose por tranquilizarla. Tardó un rato en lograr que dejara de sollozar. Le lavó la carita y le preparó su biberón:
—Alba, mi amor, mamá tiene que hacer unas cosas. ¿Podrías tomar tu lechita aquí solita, sí?
—Mmm—sí —contestó la niña, con su vocecita tierna, aferrada al biberón.
En ese momento, Alejandro bajó y se encontró con Alba sentada en la silla principal del comedor —lugar que él acostumbraba ocupar—. Luciana había salido un segundo para desechar los r