Entre caricias y suspiros, el silencio de la habitación se llenó de la calidez de ambos.
Cuando se separaron, sintieron que sus latidos seguían el mismo ritmo. Incluso sentados en sillas distintas, la distancia se antojaba enorme. Alejandro la alzó y la sentó sobre sus piernas, volvió a tomar el cuenco y le ofreció la sopa.
—Mezcla el arroz con el caldo —pidió ella, en voz baja.
—¿No decías que no tenías hambre? —bromeó él.
—Lloré tanto que me dio apetito…
—Entendido.
Mientras la ayudaba a comer