Tras terminar de comer, Alejandro cumplió lo prometido y la llevó a la casa de Martina. Simón ya había llevado el equipaje antes.
—Listo, ya llegamos. Voy contigo arriba —anunció Alejandro en cuanto se estacionaron.
Luciana agitó la mano con un gesto impaciente y empezó a subir las escaleras.
De pronto, sintió que él le tomaba la mano. Sin mirarla directamente, Alejandro comentó con naturalidad:
—Este edificio es viejo y la luz del pasillo está fundida. ¿Qué pasa si te tropiezas?
Así de minucios