—¡Enseguida! —replicó él, sujetándola con más fuerza, impidiéndole moverse.
La mujer gritaba:
—¡Señora Clara! ¡Señora Clara! ¡Señora Clara! —hasta que Simón le tapó la boca.
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En el almacén, Clara escuchó las palabras de Mónica y, con una sonrisa que le iluminaba la cara, exclamó:
—¡No me imaginaba que aún tuvieras la posibilidad de estar con el señor Guzmán! Esto es fabuloso.
Se sentía encantada.
—Mira nada más; parece que es destino. ¡El cielo no quiere que te separes de Alejandro!
—Mamá… —di