Hizo una mueca señalando la puerta.
—Podríamos pedirle a nuestros muchachos que te entreguen a la policía. Al fin y al cabo, esa pieza no es tuya.
El hombre tragó saliva, con el rostro pálido.
—¿C… cómo saben que no es mía?
—¡Responde! —Sergio le gritó de pronto—. ¡Deja de dar vueltas!
—Está bien, hablaré… —contestó el sujeto, temblando. No era más que un hombre común, sin agallas para soportar ni la más mínima presión—. Lo… lo robé.
“¿Robado?” Alejandro y Sergio cruzaron miradas. «Así que no er