Cuando terminó, le preguntó:
—¿Lo entendiste, Pedro?
—Sí, hermana. No volverá a pasar. No te enojes, por favor.
Al ver la cara asustada de Pedro, a Luciana se le ablandó el alma. Le revolvió el cabello con ternura:
—No estoy enojada contigo, solo me preocupo, eso es todo.
Justo entonces, el estómago de Pedro rugió fuertemente.
—¡Ay, por fin! —exclamó Martina, aprovechando la oportunidad para desviar la atención—. Se nota que Pedro tiene hambre. Ven, Pedrito, vamos a buscar algo de comer.
Sin dud