—¡Suéltame, suéltame! —Luciana gritaba, pero el dolor en su pie era tan agudo que las lágrimas amenazaban con salir. La mano de Alejandro, firme como una tenaza, no cedía.
—¡No te muevas tanto! —dijo Alejandro, sin soltarla.
Sabía que había actuado mal esa noche, pero una furia irracional lo invadió al verla charlando y sonriendo con un hombre desconocido en un Maserati.
¿Por qué le hervía la sangre? ¿Acaso estaba celoso? Quería disculparse, pero las palabras se le atascaban en la garganta.
—Lo