—¡Por eso mismo! ¡El tiempo es vida!
En los tres minutos dorados para la reanimación, cada segundo que se perdiera podría significar la muerte de Alberto, por lo que, desesperada, Luciana insistió:
—Incluso si vas a buscar a un médico ahora, ¿cuánto tiempo te tomaría llegar? ¡Dame dos minutos! ¡Te aseguro que estará bien!
Un segundo, dos segundos…
Luciana estaba empapada en sudor, presa de la desesperación.
—¡Rápido! ¡No hay tiempo para pensar!
En un momento crucial como aquel, Alejandro decidi