—… —Luciana sollozó, sin voz, y al fin logró hilar—: Sí… sí. Voy a casarme.
Del otro lado, silencio. Largo.
Se cubrió la boca con la mano, con miedo de que, si él decía algo, su propio llanto lo tapara.
Por fin, él habló.
—Bien. Qué bien.
La voz de Alejandro sonó lejana, rara, como si hablara para ella o para convencerse a sí mismo.
—Fernando es un caballero. Y capaz. Para ti… alcanza. Está bien.
Ni siquiera como rival podía hallarle defectos a Fernando. ¿Alejandro debía alegrarse o odiar?
—Luci