—¿En serio? —Luciana abrió grandes los ojos y repasó de arriba abajo a su compañero—. Pues no lo parece; no es que la niña haya crecido de prisa, es que tú no aparentas la edad.
—Deja de adular. —Mario soltó una carcajada y le extendió una tarjeta rígida—. Toma; me la encargó Antonia.
—¿Para mí? ¿Qué es? —Luciana la desdobló, intrigada.
Mario explicó:
—Antonia cumple veinte; este fin de semana hace una fiesta en su casa y me pidió que la «doctora favorita» no falte.
—¡Vaya honor! —alzó una ceja—