Capítulo 1076
Le sujetó la nuca y la hundió en su abrazo:

—Ahora que volviste, aunque me irrites o me hagas daño, es mejor que aquella soledad. No voy a dejarte ir. ¡No!

Luciana se quedó rígida, con los labios entreabiertos—incapaz de moverse.

Él le sostuvo el rostro y la besó: una oleada impetuosa que se volvió cada vez más honda.

—¡Alejandro! —Luciana se alarmó—. ¿Qué haces? ¡Estamos en el coche!

No era la única nerviosa: el chofer, en el asiento delantero, sudaba a mares.

«Señor, por favor…», pensaba. No s
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