Mateo le dio una nalgada.
Un dolor de rabia la invadió.
— Parece que aún no has aprendido la lección —dijo Mateo con voz gélida.
Después de un rato, Lucía no pudo soportar más su tormento. Era demasiado inexperta y dejó escapar una voz suplicante:
— No... ya no más... por favor, te lo suplico ya déjame ir...
Mateo observó a Lucía tendida sobre la mesa, frágil como si careciera de huesos. Su cabello despeinado se extendía por la superficie, sus mejillas ruborizadas y su frente perlada de sudor. L