El hombre guapo del ascensor

Gema escuchaba atentamente cada instrucción de Erika, absorbiendo los detalles como si su vida dependiera de ello. Entendía que para un hombre como Domenic Villarreal, las cosas que parecían simples para el resto del mundo —el doblez de una servilleta, la temperatura exacta del agua, el orden de los libros en la estantería— para él eran pilares de una existencia controlada. Tras un recorrido exhaustivo por el penthouse, donde el mármol y el cristal dominaban cada rincón, Erika se detuvo frente a la cocina de inducción de última generación.

—De verdad espero que cocines muy bien, Gema. Si el jefe prueba un platillo tuyo y no es agradable, te echará —dijo Erika, cruzándose de brazos mientras observaba la expresión de la joven.

—¿De verdad? ¿Por un solo platillo? —Gema la miró con una impresión genuina, sintiendo que el estómago se le encogía.

—Tanto así que despidió a la última empleada porque le sirvió los huevos sin sal ni pimienta. Y no solo eso, sino porque la yema no quedó a término medio, justo como a él le gusta. No soporta la mediocridad, ni siquiera en el desayuno.

—Vaya... sí que es estricto —susurró, pasando la mano por el borde frío de la encimera.

—Demasiado. Así que debes cocinar como toda una profesional. Otro detalle importante: solo limpias la habitación del jefe una vez a la semana, todos los jueves cuando él se va a... hacer sus cosas. No puedes entrar ningún otro día bajo ninguna circunstancia. Debes tenerle su proteína lista a las cinco de la mañana, el desayuno servido a las seis y diez en punto, y su traje perfectamente planchado.

Erika la miró con una chispa de súplica en los ojos, una vulnerabilidad rara en ella.

—Cuida sus prendas, Gema. Todo lo que ves en su armario es diseño exclusivo, hecho a medida. Y una cosa más: su madre suele venir a buscarlo porque el jefe es... un poco alejado de su familia. Ella va a hacer preguntas y tú, nada de decirle nada. Discreción absoluta.

—Sí, señorita Erika —asintió Gema, intentando memorizar cada advertencia mientras jugaba nerviosamente con el lunar de su labio inferior.

—Bien, creo que no tengo nada más que decir, linda. Solo desearte buena suerte en este lugar infernal.

—¿Qué? —Gema abrió los ojos de par en par, sintiendo un sudor frío en las palmas de sus manos.

—Solo es broma —Erika sonrió ampliamente, pero en cuanto se dio la vuelta para dirigirse al ascensor, su rostro recuperó la seriedad—. Ya sabes que tienes mi número si tienes dudas. Usa tu uniforme. Mañana traeré zapatos de tu talla; por ahora, usa unos formales. ¡Adiosito!

Gema abrió la boca para decirle que no tenía más calzado que sus viejas botas de vaquera, pero las puertas doradas del ascensor se cerraron antes de que pudiera articular palabra. El silencio que siguió fue ensordecedor. Se quedó literalmente sola entre tanto lujo.

—Vamos, Gema, —se dijo a sí misma, soltando un largo suspiro —. ¿Qué tan difícil puede ser la empleada de un hombre multimillonario?

Caminó hacia su habitación, que aunque era pequeña comparada con el resto de la casa, le pareció el paraíso. Se dio un baño rápido, dejando que el agua caliente relajara sus músculos tensos, y se colocó el uniforme: un vestido oscuro, sencillo y elegante que contrastaba con su piel clara.

—A lo mejor le agrades, Gema. Lo encantas con tus postres y esas galletitas con chispas de chocolate que tanto le gustan al abuelo —hablaba sola mientras se miraba al espejo, intentando domar sus rizos castaños—. Ay, la verdad creo que cometí un error al estar aquí. ¡Vamos, vamos! Que no se te arrugue, como dice Vivian. ¡Ay, ya estoy usando sus palabrotas! Estoy asustada, pero esto será pan comido. Buena actitud, Gema.

Al caer la noche, el penthouse se sentía más frío bajo la luz artificial. Gema ya tenía la cena lista. Miró el gran reloj de pared y tragó grueso; eran casi las siete. Había preparado una ensalada fresca, carne a término medio sellada a la perfección y una salsa de tamarindo cuya receta era el mayor tesoro de su abuelo Tom.

Cuando el reloj marcó las siete en punto, Gema se quedó petrificada frente a la mesa. Esperaba que las puertas del ascensor se abrieran, pero no fue así. Pasó un minuto, luego dos. El silencio era tan denso que podía escuchar el latido de su propio corazón. Se giró sobre sus talones para reacomodar un tenedor que le parecía milimétricamente torcido cuando, de repente, el sonido del ascensor rompió la calma.

Domenic Villarreal entró en su imperio. Con la mandíbula apretada, el nudo de la corbata ligeramente aflojado y el estrés de una jornada de negociaciones agresivas pesándole en los hombros. Sin embargo, su victoria empresarial pasó a segundo plano en cuanto sus ojos se clavaron en la figura que estaba de espaldas en su comedor.

Domenic frunció el ceño. Sus ojos, oscuros y analíticos, descendieron por el uniforme de la joven hasta detenerse en sus pies. Las botas de vaquera, desgastadas y fuera de lugar, eran una mancha de barro en su lienzo de perfección. Esa primera impresión le golpeó como un insulto personal. Dejó su maletín de cuero sobre la mesa principal con un golpe seco y caminó hacia ella, sus pasos son firmes resonando en la madera.

Gema, al escuchar el eco de sus zapatos aproximarse, sintió que el aire se le escapaba. Se giró lentamente, haciendo una pequeña e improvisada reverencia, bajando la cabeza por instinto.

—Bienvenido, señor Villarreal… digo AMO —susurró con la voz un poco quebrada por los nervios.

Al alzar la mirada, sus ojos ámbar chocaron frontalmente con los de él. Reconoció de inmediato al hombre guapo del ascensor, pero la calidez que ella esperaba encontrar tras esa fachada de dios griego no existía. Lo que encontró fue un desagrado total y una frialdad que la hirió por segundos.

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