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El dominio, el poder, la elegancia y sobre todo la arrogancia forman al hombre de hierro, el gran ceo Domenic Villarreal, proveniente de una familia multimillonaria por generaciones. Su implacable presencia es evidente en cuanto pone un pie en la empresa.
Es como si el tiempo se detuviera y el ruido fuera reducido en cada paso que da. Puede sentir la mirada penetrante de sus empleadas, más saben que si alguna intenta seducirlo quedará despedida. Es distante y cortante. Su círculo íntimo que lo rodea es sumamente escaso porque detesta la hipocresía. Y peor aún son las críticas, mujeres que lo señalan como un hombre Gay por el simple hecho de que él no se las follara. Es tan perfeccionista, que diariamente está cambiando de sirvienta y hoy, ha llegado a trabajar con un genio de los mil demonios. Despidió a su sirvienta por algo insignificante y es que es imposible complacer a un hombre como Domenic Villarreal. Y algo que no se puede dejar pasar desapercibido es su gran inteligencia, una mente maestra e implacable. Había logrado el equilibrio perfecto: Incorporar inteligencia artificial y sistemas avanzados a las marcas de lujo automotriz, convirtiendo su pasión en una fortaleza financiera que no dependía de la sombra de su progenitor. Al llegar al piso 4, las puertas se abrieron hacia su santuario. Apenas abrió la laptop, el suave roce de la puerta lo hizo tensar la mandíbula. No necesitaba mirar para saber quién interrumpía. —Jefecito, buen día. Le traigo su café con azúcar, tal cual le gusta para endulzar ese carácter —dijo Erika, dejando la taza humeante sobre el escritorio de cristal. Domenic mantuvo la vista fija en la pantalla, aunque sus dedos se detuvieron sobre el teclado. Erika era la única persona que se atrevía a usar ese tono con él. Delgada, con un corte de cabello estilo varonil que acentuaba sus facciones decididas, viste con una sobriedad impecable que oculta su personalidad entusiasta. —Y ahora le diré su agenda, que por cierto está muy apretada —continuó ella, mirando la tablet—. Aunque, para ser honesta, hoy te ves más irritable de lo normal. ¿Quién te sacó de tus casillas antes de las nueve? —Erika, no estoy para tu sentido del humor. Ahorra las palabras para los informes de Ferrari —respondió él, finalmente alzando la mirada. Sus ojos marrones, profundos e inexpresivos, chocaron con la actitud relajada de su asistente. —A ver, tomaré asiento. Soy tu psicóloga, tu psiquiatra y tu mano derecha —Erika se acomodó frente a él, ignorando su gesto de desdén—. Suéltalo. ¿Es por la señora de la limpieza? Domenic soltó un suspiro pesado, frotándose la sien con el dedo índice. —Es un desastre. Necesito a alguien eficiente en mi apartamento, Erika. Alguien que entienda que el orden no es una sugerencia. La señora que elegí fue un error; pensé que su edad evitaría que intentara meterse en mi cama o que se distrajera mirándome, pero solo logró que mi cocina parezca un campo de batalla. —Te lo dije. Buscabas una abuela y terminaste con alguien que no sabe ni encender el lavavajillas —Erika sonrió con malicia—. Buscaré a alguien de perfil bajo. Haré un anuncio privado, sin menciones a la familia Villarreal. No queremos una fila de modelos buscando marido. —Exacto. Nada de mujeres obsesionadas. Eso me saca de mis casillas. Erika lo observó en silencio un momento, analizando la rigidez de su postura. —Domenic, a veces tiendo a pensar que los rumores son ciertos y que eres gay. No entiendo cómo esquivas a las mujeres de esa manera. Jamás olvidaré a la rubia de la última gala que se desnudó en tu suite y la sacaste como si nada Domenic apretó la taza de café entre sus manos, sus nudillos se tornaron blancos. —Erika, ¿quieres ser despedida? —La miró con un desprecio calculado mientras llevaba el líquido a sus labios. —No, no puedo vivir sin ti, jefe... y tú mucho menos sin mí —ella le lanzó una sonrisa radiante, esperando un atisbo de humanidad en el rostro de él. Al ver que Domenic permanecía como una estatua de hielo, su sonrisa flaqueó—. Está bien, para esta misma tarde tendré candidatas. ________*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*._________ Mientras tanto, la ciudad de Nueva York se alzaba como un gigante de acero ante los ojos de Gema Walton. Con apenas quince dólares en el bolsillo y el estómago rugiendo de hombre, Gema siente que el peso del mundo recae sobre sus hombros. Había dejado la pequeña hacienda familiar con una promesa grabada en el alma: salvar las tierras del abuelo Tom. Sus botas de vaquera, desgastadas por el uso, golpea el asfalto caliente, provocándole una molestia punzante en los pies. Se ajustó el cabello rizado, cuyas iluminaciones doradas resalta su lindo color de ojos. —No puedes rendirte, Gema. Solo llevas dos días —susurró para sí misma, mirando los autos de lujo que desfilaban frente a ella. El cielo, como si compartiera su angustia, se tornó gris de repente. Una gota impactó en su frente, seguida de inmediato por un aguacero que la obligó a correr hacia el edificio más cercano. Entró jadeando al lujoso Recibidor, casi empapada. —Señorita, disculpe, no puede estar aquí —un guardia de seguridad se interpuso en su camino, con la mano apoyada en el cinturón. Gema lo miró con sus ojos color ámbar, empañados por la humedad y la desesperación. Humedeció sus labios finos, donde un pequeño lunar acentuaba su vulnerabilidad. —Señor, por favor... no tengo a donde ir y afuera esta lloviendo fuerte, no puedo terminar de mojarme. Prometo no estorbar, solo déjeme secarme un poco —le hizo un gesto suplicante, una mirada tan genuina que el hombre suavizó el gesto. —Está bien, hazte a un lado. Al jefe no le gusta que le estorben, y créeme, no le agradará verte en esas fachas. —Su jefe debe ser muy gruñón —replicó ella, intentando escurrir su chaqueta. —Lo es. Dime, ¿qué haces en la ciudad con esas botas? No eres de aquí. —Busco trabajo, señor. De lo que sea mientras sea trabajo honradoEl guardia miró a ambos lados antes de inclinarse hacia ella.
—El jefe busca a alguien para su apartamento. Cocinar, limpiar, disponibilidad total. Paga una fortuna, pero es exigente. Si te animas, sube al piso cuatro. Hay una fila de mujeres allá arriba, ve a ver si tienes suerte.






